Y me pregunto qué va a quedar después de todo esto, después de Rosseau, después de Locke, de Hobbes, me quedará algo en la cabeza? al concepto de "soberano" lo entendí, a los del ´37 también los entiendo, no hay que saber mucho para entender lo que decía el capo de Moreno, el racista de Sarmiento, y los demás secundarios que se suman, no me malinterpreten, secundarios, de los que sigue me refiero.
Más me gusto Maquiavelo, leer el Príncipe fue un antes y un después en mi vida, me gustaría tener la capacidad de gobernar así, dejar este blando corazón y cerebro acotado, para que con la tan propensa ambición que padezco me sorprenda descubriéndome ahí, matando por poder y doblegando poblaciones a mi ideología. Seré un menemista maquiavelico?, seré un macrista demagogico? un tirano de época, un pos-moderno jodido, corrupto y malicioso, un verdadero hijo puta.
Cucarachas, eso son, esos dos que nombre recién, yo más bien me compararía con malignos de la calaña de Hitler y Mussolini, esos si eran malos, maquiavelistas, y no daban otra impresión, tenían bien clara sus posturas, si mataron, mataron y punto, si robaron, robaron en la cara, si censuraron a lo grande y no a través de otros, arrasaron con vidas, ciudades, culturas, progreso, sueños a costa de sus espaldas y por ambición propia e inteligencia, no se fundieron viejos chotos y solos, como machos se la bancaron y explotaron en mil pedacitos toda su carne, que se fundió en veneno propio.
Tendré tendencias a este tipo de diligencia? me hará bien a la cabeza leer Maquiavelo para que siga alimentando mi violencia interna, para que sueñe con ser esa basura de persona a la que tanto detesto y sin embargo todos llevamos adentro, hasta qué punto voy a poder probar el límite de mi inocencia?.Demasiadas preguntas para un solo párrafo.
Voy seguir pintando mi lengua de verde con cada mate, voy a seguir doblando mi columna vertebral rectificada en asientos no aptas para zurdos, (que escriben con la mano izquierda, digo, no de ideología), voy a tratar de aplastar cosas de lo cotidiano infernal con estos conceptos, y por sobre todo, voy a despedazar cada hoja que mi esfuerzo pueda, para entender este mundo de manera tal como lo hicieron tantos otros y hoy yo los leo.
Qué quedara después de todo esto? y la palabra siempre queda, o tal vez mi premio de consuelo, el que nos queda a todos, el que nos volvemos todos, polvo, tan sólo polvo.
jueves, septiembre 23, 2010
viernes, septiembre 17, 2010
Según el cristal con el que se mira...
Estamos tan locos, todos locos de la banda, la banda de la Negra, del Víctor, del Ulises, el refrán dice dios, aunque no crea en dios por ahora, dios los crea y el viento los amontona. Y tengo ganas de recorrer los caminos del loco, de la locura propensa a la carcajada del suicidio espontaneo, sumergirme en corrientes de pensamiento alienadas con tales acaudalados, como dice la vieja loca, acaudalados personajes.
Este loco no se puede dormir, recién se agarraba la cabeza, gritaba, decía que quería llorar, se reía dos segundos después, repetía una y mil veces lo mismo, decía: "¿quieres saber la verdad? ¡Acuéstate conmigo y lo sabrás!" bueno, yo pienso que entonces mucha gente debe de saber la verdad jeje, la otra loca se me tomo el palo, después de hacerme delirar y mostrarme su faceta indecisa, vueltas y vueltas, para decidirse por dos discos y una chuchería para la sobrina del macho, a estas horas debe de estar sumergida en las aguas candentes del amor a distancia. Hablando de la loca, la Negra, claro, hoy, justo hoy, me salvo la vida, yo iba a la facu caminando con flor y el Tommy, y la negra salía de cursar y me paso unos resúmenes que venían de lujo para una cursada y para la cual no había terminado de leer las fotocopias, bueno la bien predispuesta de mi amiga, me dio sus resúmenes, y me salvo la vida, ¡que grande la Negra'... En ese momento entre que cruzaba la calle y entraba a la facu pensé en que el destino o la suerte, lo que sea, como tantas otras veces, hizo que me la pase por al lado y con sus rulos grandes y ojos saltones, me salve el pellejo ante despiadados docentes parlantes.
Las muecas, como gesticula la cara, son dos de las principales características del loco, del Víctor, además de un plus de modificar la voz para cada una de sus actuaciones y la demagogia pura con que construye sus discursos, capaz de convencer a la más inocente de la criaturas de que vaya y mate al padre, y lo logra! bueno, su profesión lo a medita, se le esta permitido esas acciones, ya que tiene a la más hija de puta de todas de su lado, su amada y bien ponderada, la ley. Ahora parece por fin sus enroscadas y disparatadas neuronas duermen, o al menos dormitan, yo pienso que este debe trabajar los pensamientos a mil por ahora, por qué mamita, agárrate!!!, te sale con cada cosa, del loquero lo corren, bueno no es que lo estoy matando, el loco este es mi hermano, y no lo cambio por nada del mundo, a ninguno de mis locos.
Me falto el gato rubio, gato rubio que lee Neruda, es atea, hace dieta y de apariencia perfecta, como de diosa griega capitalista, le gusta el verde y es una soñadora tan de izquierda aunque ella no lo admita, su corazón es tan rebelde que no se amolda a las figuras fraternales que la abrazan, y la exigen, la demandan como niña bien, como señora del hogar que cría los hijos, ella dice que sueña con ello, pero yo la veo conquistando al mundo y tragándose de un bocado, de un solo parpadeo, a toda la burocracia machista. Es la loca Carlita, como me gusta decirle a mi, como en la canción de Yayo, la linda carlita tiraba la...
Siempre juego a qué tan bajo se puede caer, pero estos locos de mierda, se empecinan en ganarme, entonces cuando yo sentí que toque fondo, me salen con una poronga mucho más grande de acontecimientos de sus vidas y me dejan de parado, ya saben que.. El loco ciclotimia este, dime con quien andas y te diré quién eres, es una caja de sorpresas con fiesta incluida adentro, y dos bailarinas de strepp dance, la Negra es tan impredecible y confiada posta, segura, esa seguridad rapaz con la que se nace, no se obtiene, realista, igual le gusta soñar despierta de manera real claro, en la única forma en que se puede lograr ello, la rubia te sonríe, te tranquiliza, y te transmite su mala leche en un sin fin de amores, aunque vos nunca la vas a notar mala leche, siempre perfecta en sus imperfecciones.
Me falto referirme a dos bichitos que ya nombre, del Tommy, no puedo decir nada, no lo conozco lo suficiente como para sacarle el cuero, es raro, es como que nunca puedo saber que está pensando o si esta bien o mal, sólo sé que pega perfecto en esta banda, la del verde, la de los libros, los loquitos.
Por último, mi Flor, que al igual a un amigo suyo, tiene la extraña capacidad de a veces desaparecer, mi flor es la cucaracha de Kafka, tuvo la posibilidad de venderle el alma al diablo y ser la persona más feliz y materialista del mundo, de este sistema de consumo, sin embargo tiro las mechas y los estampados, se vistió de ella y volvió la transformación en ella, me hizo sentir que la transformación era como ir a la esquina, tampoco tan así, en el sentido de que en ella siempre se escondió esta flor, la diferencia es que ahora es ella, en verdad ella.Es ella en su pipa, en su filosofía y en su ojeras.
Falto el loquito, más loco, la basura, bipolar, monstruo de alcantarilla extranjera, esto, lo que sea que soy, miedoso, nicotico, neurótico, sexopata, nostálgico, ansioso, verborragico, trilingue, extrovertido, amoral, mentiroso, manipulador, esta rata de las ratas, yo, y mi días cansados, de orejas sordas, de tiempo incompleto, de ambiciones desbordadas, aspiraciones inalcanzables, aspiraciones alcanzables, y pensamientos todavía no encontrados.
El loco este, el Ulises, que se cree que tiene más cancha que otra cosa pero a veces se encuentra con el miedo a la cara y no se anima a mirarlo, con aires maquiavelistas quiere conquistar el mundo sin conocer bien qué dice Maquiavelo, con ideas grandes aunque lo único grande sea el tamaño de su cerebro, como dice Liliana, ¿qué haría el loco sin su Liliana?, qué haría sin su violencia tan blanda, si su silencio delatador, sin su cara de asco constante, y sin su corazón adicto a la locura, a estos locos que los rodean, y a su verdadera locura.
Este loco no se puede dormir, recién se agarraba la cabeza, gritaba, decía que quería llorar, se reía dos segundos después, repetía una y mil veces lo mismo, decía: "¿quieres saber la verdad? ¡Acuéstate conmigo y lo sabrás!" bueno, yo pienso que entonces mucha gente debe de saber la verdad jeje, la otra loca se me tomo el palo, después de hacerme delirar y mostrarme su faceta indecisa, vueltas y vueltas, para decidirse por dos discos y una chuchería para la sobrina del macho, a estas horas debe de estar sumergida en las aguas candentes del amor a distancia. Hablando de la loca, la Negra, claro, hoy, justo hoy, me salvo la vida, yo iba a la facu caminando con flor y el Tommy, y la negra salía de cursar y me paso unos resúmenes que venían de lujo para una cursada y para la cual no había terminado de leer las fotocopias, bueno la bien predispuesta de mi amiga, me dio sus resúmenes, y me salvo la vida, ¡que grande la Negra'... En ese momento entre que cruzaba la calle y entraba a la facu pensé en que el destino o la suerte, lo que sea, como tantas otras veces, hizo que me la pase por al lado y con sus rulos grandes y ojos saltones, me salve el pellejo ante despiadados docentes parlantes.
Las muecas, como gesticula la cara, son dos de las principales características del loco, del Víctor, además de un plus de modificar la voz para cada una de sus actuaciones y la demagogia pura con que construye sus discursos, capaz de convencer a la más inocente de la criaturas de que vaya y mate al padre, y lo logra! bueno, su profesión lo a medita, se le esta permitido esas acciones, ya que tiene a la más hija de puta de todas de su lado, su amada y bien ponderada, la ley. Ahora parece por fin sus enroscadas y disparatadas neuronas duermen, o al menos dormitan, yo pienso que este debe trabajar los pensamientos a mil por ahora, por qué mamita, agárrate!!!, te sale con cada cosa, del loquero lo corren, bueno no es que lo estoy matando, el loco este es mi hermano, y no lo cambio por nada del mundo, a ninguno de mis locos.
Me falto el gato rubio, gato rubio que lee Neruda, es atea, hace dieta y de apariencia perfecta, como de diosa griega capitalista, le gusta el verde y es una soñadora tan de izquierda aunque ella no lo admita, su corazón es tan rebelde que no se amolda a las figuras fraternales que la abrazan, y la exigen, la demandan como niña bien, como señora del hogar que cría los hijos, ella dice que sueña con ello, pero yo la veo conquistando al mundo y tragándose de un bocado, de un solo parpadeo, a toda la burocracia machista. Es la loca Carlita, como me gusta decirle a mi, como en la canción de Yayo, la linda carlita tiraba la...
Siempre juego a qué tan bajo se puede caer, pero estos locos de mierda, se empecinan en ganarme, entonces cuando yo sentí que toque fondo, me salen con una poronga mucho más grande de acontecimientos de sus vidas y me dejan de parado, ya saben que.. El loco ciclotimia este, dime con quien andas y te diré quién eres, es una caja de sorpresas con fiesta incluida adentro, y dos bailarinas de strepp dance, la Negra es tan impredecible y confiada posta, segura, esa seguridad rapaz con la que se nace, no se obtiene, realista, igual le gusta soñar despierta de manera real claro, en la única forma en que se puede lograr ello, la rubia te sonríe, te tranquiliza, y te transmite su mala leche en un sin fin de amores, aunque vos nunca la vas a notar mala leche, siempre perfecta en sus imperfecciones.
Me falto referirme a dos bichitos que ya nombre, del Tommy, no puedo decir nada, no lo conozco lo suficiente como para sacarle el cuero, es raro, es como que nunca puedo saber que está pensando o si esta bien o mal, sólo sé que pega perfecto en esta banda, la del verde, la de los libros, los loquitos.
Por último, mi Flor, que al igual a un amigo suyo, tiene la extraña capacidad de a veces desaparecer, mi flor es la cucaracha de Kafka, tuvo la posibilidad de venderle el alma al diablo y ser la persona más feliz y materialista del mundo, de este sistema de consumo, sin embargo tiro las mechas y los estampados, se vistió de ella y volvió la transformación en ella, me hizo sentir que la transformación era como ir a la esquina, tampoco tan así, en el sentido de que en ella siempre se escondió esta flor, la diferencia es que ahora es ella, en verdad ella.Es ella en su pipa, en su filosofía y en su ojeras.
Falto el loquito, más loco, la basura, bipolar, monstruo de alcantarilla extranjera, esto, lo que sea que soy, miedoso, nicotico, neurótico, sexopata, nostálgico, ansioso, verborragico, trilingue, extrovertido, amoral, mentiroso, manipulador, esta rata de las ratas, yo, y mi días cansados, de orejas sordas, de tiempo incompleto, de ambiciones desbordadas, aspiraciones inalcanzables, aspiraciones alcanzables, y pensamientos todavía no encontrados.
El loco este, el Ulises, que se cree que tiene más cancha que otra cosa pero a veces se encuentra con el miedo a la cara y no se anima a mirarlo, con aires maquiavelistas quiere conquistar el mundo sin conocer bien qué dice Maquiavelo, con ideas grandes aunque lo único grande sea el tamaño de su cerebro, como dice Liliana, ¿qué haría el loco sin su Liliana?, qué haría sin su violencia tan blanda, si su silencio delatador, sin su cara de asco constante, y sin su corazón adicto a la locura, a estos locos que los rodean, y a su verdadera locura.
domingo, septiembre 05, 2010
la_flower_power
El gato debajo de la “O” y los nenes jugando con la zorra, los otros observándose la “T” y de ahí que está la creación en la transformación, la armónica que suena sin parar de unos labios agitados que la impulsan igual que a mi cuando te encuentro entre los ladrillos de ese tinglado.
Me exorcice al ritmo del tambor, era como si siempre supiste que entrarías en trance esa noche, como si la vinieras esperando más que a la noche que siempre soñaste que llegaría, y esa noche un día llego, ya partencias a esa noche, al lugar ese donde tú amiga casi afroamericana danzo con energía potenciada al son de viejas canciones.
Tambor, tambor, tambor y más tambor, tú recuerdo que se plaga entre los repiques, y tú recuerdo me lleva tu olor a rico, tu olor dulzón, tu olor que me hace sentir despiadado, descocado y me insita a la sin razón, ese es el olor de la felicidad que me quiero aspirar hasta fundir mis huecos nasales. Tambor que se confunde entre el malambo de un mestizo encarnizado y la zamba de una rubia alemana, nieta de españoles.
Tantas risas que opacan lo gris del día, tantas carcajadas que hasta se te funde la neurosis o las tendencias suicidas, y ya no vas a hacer ese grupo, en Facebook, ese grupo para las personas con tendencias a querer suicidarse los días domingos.
No entiendo nada de lo que escribí, ni siquiera están bien los tiempos, no me importa, me chupa, escribo lo que me sale y lo que tengo ganas, como que me olvide del mundo y volví a ser yo, volví entre esos ladrillos acomodados meticulosamente uno a uno, lado a lado, mano a mano, me encontré ahí como cuando me encontré entre tu ombligo, era yo de nuevo, entre tanto verde que me desplegaba de todo lo malo y me dejaba nuevo, que me arrodillaba a tu recuerdo y a mis ganas de abrazarte para no despegarme hasta sentir asco de vos, quiero cansarme una vez más. Absolverme, devolverme, envolverme, y doblegarme en tu espalda, en los huequitos de tu columna vertebral, inducirme allí, deshacerme, en pequeñas partes para no dejar recuerdo.
De nuevo el tambor, acompañado de un paisaje medieval, la chimenea, la luna, el amanecer, faltaba la cruz nada más. Y nosotros observando, comparando, imaginando, bailando, sonriendo, soñando, corriendo, embarrando, amando. Me gusta tanto la noche, la noche del galpón, la noche del tinto, del verde, del pinito, de la negra, del tommy, del otro que no me acuerdo el nombre, de vos, de mi, del presente que ahora se volvía el pasado, todos ahogados en el fondo blanco del vaso blanco que me tomé a la salud del mundo entero y de esta nueva persona que desconozco y en la que me convertí.
Me exorcice al ritmo del tambor, era como si siempre supiste que entrarías en trance esa noche, como si la vinieras esperando más que a la noche que siempre soñaste que llegaría, y esa noche un día llego, ya partencias a esa noche, al lugar ese donde tú amiga casi afroamericana danzo con energía potenciada al son de viejas canciones.
Tambor, tambor, tambor y más tambor, tú recuerdo que se plaga entre los repiques, y tú recuerdo me lleva tu olor a rico, tu olor dulzón, tu olor que me hace sentir despiadado, descocado y me insita a la sin razón, ese es el olor de la felicidad que me quiero aspirar hasta fundir mis huecos nasales. Tambor que se confunde entre el malambo de un mestizo encarnizado y la zamba de una rubia alemana, nieta de españoles.
Tantas risas que opacan lo gris del día, tantas carcajadas que hasta se te funde la neurosis o las tendencias suicidas, y ya no vas a hacer ese grupo, en Facebook, ese grupo para las personas con tendencias a querer suicidarse los días domingos.
No entiendo nada de lo que escribí, ni siquiera están bien los tiempos, no me importa, me chupa, escribo lo que me sale y lo que tengo ganas, como que me olvide del mundo y volví a ser yo, volví entre esos ladrillos acomodados meticulosamente uno a uno, lado a lado, mano a mano, me encontré ahí como cuando me encontré entre tu ombligo, era yo de nuevo, entre tanto verde que me desplegaba de todo lo malo y me dejaba nuevo, que me arrodillaba a tu recuerdo y a mis ganas de abrazarte para no despegarme hasta sentir asco de vos, quiero cansarme una vez más. Absolverme, devolverme, envolverme, y doblegarme en tu espalda, en los huequitos de tu columna vertebral, inducirme allí, deshacerme, en pequeñas partes para no dejar recuerdo.
De nuevo el tambor, acompañado de un paisaje medieval, la chimenea, la luna, el amanecer, faltaba la cruz nada más. Y nosotros observando, comparando, imaginando, bailando, sonriendo, soñando, corriendo, embarrando, amando. Me gusta tanto la noche, la noche del galpón, la noche del tinto, del verde, del pinito, de la negra, del tommy, del otro que no me acuerdo el nombre, de vos, de mi, del presente que ahora se volvía el pasado, todos ahogados en el fondo blanco del vaso blanco que me tomé a la salud del mundo entero y de esta nueva persona que desconozco y en la que me convertí.
sábado, septiembre 04, 2010
39
Me quebré ese día que fue de noche, me desborde en adoquines en los que arrastre las pieles que, como pliegues se absorbieron verborragicas en pequeños cuadraditos colocados cuidadosamente un siglo antes. Pude ver como la sangre se desplazaba conjunto a mis sueños, también rojos estos, se me iban por los bordes hasta llegar a las veredas de casas arrugadas de oxido y árboles aburridos por el invierno.
Eran las tres de la mañana, y yo no creo en los santos pero los chocarreros me dan miedo, entonces me contradigo, era las tres de la mañana y ese perro que me mira siempre como sabiendo todos mis pecados y me hace sentir miserable, esta vez no me siguió, se habrá quedado por ahí olfateando otra alma perdida. Ni los perros te siguen, pensé. Estaba ahí, todo tirado al suelo, lo tire todo tal como tire la vida, así que de nada servía temer ningún Nosferatu y si el perro venía seguramente lamería con asco de resentimiento el gusto agrio de los sueños y la sangre.
La última gota caía, me había mezclado con la tierra y ya me dirigía a los adentros, en donde habitan esos seres de los que habla Verne. En mi segundo final, encandilado recordé tu belleza nefasta, y la última gota se detuvo, la sangre como una cinta de esos cassette de videograbadora que ya no existen, empezó a retroceder, emprendió un viaje de vuelta, se me volvió al cuerpo así como los sueños, se me volvió al alma.
Me quebré esa noche en que fue de día, fue cuando lo supe, encandilado ante tanta razón interior, mis tripas me habían avisado y mis neuronas se enfiestaron con dopaminas, las pieles se me arrastraron ante lo áspero de los ladrillos medievales estos, mi memoria selectiva solo podía asociar este hecho con lo suave de tu piel, y al igual que los cassettes extintos me prendí fuego alto ante la minima chispa que largaste.
No te queda otra que confiar, no tener miedo, corajudo, disfruta.
Tendré tu corazón dije con el bisturí en la mano.....Lo colgaré en mi cuello sangrando latirá cerca del mío!
Viví, amé, estudié y hasta creí, y hoy no hay mendigo al que no le envidie que no sea yo, a cada uno le miro los andrajos, la llagas, la mentira, y pienso… quizás nunca has vivido, estudiando, amado, ni creído,
¡Quizás solo hayas vivido como una lagartija, a la que cortan el rabo, y solo seas un rabo, moviéndose más acá de la lagartija!
Eran las tres de la mañana, y yo no creo en los santos pero los chocarreros me dan miedo, entonces me contradigo, era las tres de la mañana y ese perro que me mira siempre como sabiendo todos mis pecados y me hace sentir miserable, esta vez no me siguió, se habrá quedado por ahí olfateando otra alma perdida. Ni los perros te siguen, pensé. Estaba ahí, todo tirado al suelo, lo tire todo tal como tire la vida, así que de nada servía temer ningún Nosferatu y si el perro venía seguramente lamería con asco de resentimiento el gusto agrio de los sueños y la sangre.
La última gota caía, me había mezclado con la tierra y ya me dirigía a los adentros, en donde habitan esos seres de los que habla Verne. En mi segundo final, encandilado recordé tu belleza nefasta, y la última gota se detuvo, la sangre como una cinta de esos cassette de videograbadora que ya no existen, empezó a retroceder, emprendió un viaje de vuelta, se me volvió al cuerpo así como los sueños, se me volvió al alma.
Me quebré esa noche en que fue de día, fue cuando lo supe, encandilado ante tanta razón interior, mis tripas me habían avisado y mis neuronas se enfiestaron con dopaminas, las pieles se me arrastraron ante lo áspero de los ladrillos medievales estos, mi memoria selectiva solo podía asociar este hecho con lo suave de tu piel, y al igual que los cassettes extintos me prendí fuego alto ante la minima chispa que largaste.
No te queda otra que confiar, no tener miedo, corajudo, disfruta.
Tendré tu corazón dije con el bisturí en la mano.....Lo colgaré en mi cuello sangrando latirá cerca del mío!
Viví, amé, estudié y hasta creí, y hoy no hay mendigo al que no le envidie que no sea yo, a cada uno le miro los andrajos, la llagas, la mentira, y pienso… quizás nunca has vivido, estudiando, amado, ni creído,
¡Quizás solo hayas vivido como una lagartija, a la que cortan el rabo, y solo seas un rabo, moviéndose más acá de la lagartija!
viernes, agosto 27, 2010
Efectos secundarios de Liliana Felipe
Frustraciones adobadas, acumuladas durante 500 años o más, sangre, mucha sangre, delirios místicos, papiros quemados, imperialismo letrado y borrado, acoso Bárbaro, no tenían previsto Jesús, no tenían previsto al tendero loco, utópica cosmovisión que surgía en el mismo ceno, latín, latín, y el maldito plan divino que vino para decir que "antes de esto, la humanidad estaba caída", no importa el planeta tierra, lo que importa es el reino de los cielos. Dejar la razón de lado, dejar de leer libros, basta de filosofía, basta del culto al cuerpo, basta de gimnasios, eso es homosexual, eso es orgullo, la razón del hombre está mal, muy mal, malo, malo.
"Constantino ven, ven, no te mueras sin antes renunciar a todos esos dioses paganos y acepta al mio, dale el privilegio, que el mundo necesita de la justicia eclesiástica, poder terrenal que se manifiesta de lo "divino", dale Constantino ya casi estas muertito, es hora de la nueva era, no importa que después le digan la Oscura, para qué progreso cuando yo les puedo ofrecer un paraíso vestido de blanco puro y paz absoluta, para qué cuestionarse nada, si de nada sirve, necesitamos hombres ignorantes y sumisos, necesitamos que te unas a nuestro dios cristiano, sabemos que San Pablo va a propagar la verdad absoluta que se esparcirá por los siglos de los siglos, colmando de monasterios a las sociedades, borrando caminos y destruyendo las ciudades, dale Consty, de nada te sirve este basto imperio pecaminoso con la mitad de tus ciudadanos letrados y con tendencias antinaturales, vos vas a ir con el único dios, este único dios todopoderoso, el nuestro, el de la ira, el tirano, y de bienes, los bienes de los hombres, claro".
"Ay, hay que venirte, ven, ahí está, es la fiesta de los Arcángeles, no importa lo que digan, Gabriel no es hermafrodita como se dice, eso no existe, o al menos no entra en el diccionario de nuestro dios, Gabriel es más bien asexuado, no te dejes llevar por su apariencia muy femenina, el es un hombre, un hombre de dios, con sus rulos dorados y faldas largas, nos acomodamos a estos tiempos modernos, Gaby no quiere ser menos, después de todo la metro sexualidad es lo que está de moda, el es más bien un paqui. Ven a la fiesta del anunciante de la muerte, uno de los tres anunciantes de dios, tan propicio a este siglo XXI."
lunes, agosto 09, 2010
Susurros del SXIX
El viento empujaba sus flácidos cachetes, sentado ahí en esa nueva estación ferroviaria Tommy no entendía mucho de lo que para el, era un monstruo, sólo sabía que el ruido que esté producía, además de miedo, le había dado una infección de oído. Caras y más caras, que de un día para el otro colmaron su pequeño pueblo y lo transformaron en otra cosa, ya no era su pueblo. Entre tanta gente sin embargo era el niño más solo del mundo, en esa ciudad en expansión, sentado y solo, contemplaba con horror esa cosa, que para el era la bestia. Ana, una mujer de la calle, era la única que se le aproximo en pocas oportunidades, se acerco en ese momento en que con ojos aguados Tommy contemplo por primera vez al tren acercándose al bullicio de la burguesía y saliendo de los campos de cereales, para luego intentar perderse en las vías del tren. La mujer asustada acudió a alcanzarlo antes de que él termine aplastado como tantos otros muertos accidentalmente y no tanto, en las garras de los ferrocarriles.
Esperaba a Ana, quería que Ana venga y lo abrase, lo bese, lo lleve de nuevo a la casona vieja esa y le cuente de las aventuras de David, que en esa manta rara de colores cruzados lo envuelva y prenda fuego a sus helados pies. Ana una vez fue una señora bien, usaba esas batas con grandes pliegues en el cuello y los hombros, vestidos de seda, tenía un cuarto grande con desván, en el que guardaba miles de cuadros pintados por ella, soñando con un día poder perpetuar los momentos. Esos momentos que ella sabía, no dudarían para siempre, como su David, el artesano del trigo y la cebada. Esos panes. Esas manos, ¡y qué manos!... Pero las manos por esos días empezaron a tener fecha de vencimiento. Fue entonces cuando por culpa de la tecnología, su David se fue, y sus panes dulces ahora los añoraba en el amargo sabor de las batatas.
El viento seguía empujando fuerte, la piel caliente, y Tommy ya no sentía más frío gracias al extraño sudor que chorreaba de su frente. Era muy caliente, dolía, hasta que unas manos lo levantaron del cemento fresco y pudo alcanzar a ver, a quién en sus sueños era Ana, mientras se desmayaba lentamente de sueño. Entre sombras y sombras veía los caballos con las panzas flacas que empujaban la carreta, veía a un señor que lo observaba desde arriba, sentía muchos escalofríos y hambre, mucho hambre. Veía a Ana, la confundía en sus sueños, la deseaba, deseaba tanto esa noche en que ella tomaba sus manos y hablaba, hablaba, el podía nada más que contemplar sus miguillas rosadas y su cabellera gringa. No fue Ana quien lo levanto del suelo, era un monje del convento de las a fueras del pueblo. Era ese viejo rancio que en cuanto alcanzo a reconocerlo, no pudo evitar despedir lo poco de comida que tenía en el estomago, la vomito con asco de resignación. Cuando despertó la fiebre se había ido y la luz también.
De nuevo ahí, encerrado, a las oscuras, escuchando las plegarias esas que ni entendía que decían, y le provocaban espanto. Recordaba al monje y más espanto. El podía llegar en cualquier momento. Podía llevarlo a aprender Morse, con la escusa de qué un día va a ser el dueño del océano y puede necesitar el telégrafo. Tommy sabe lo que el monje quiere enseñarle en realidad, se lo enseño varias veces en nombre de su dios, pero Tommy no quería a ningún dios, y menos a ese. Después de aprender a escribir, por lo cual hizo muchas cosas, se había escapado y juro no volver nunca más a ese convento, por ello escapo a la estación. Sin embargo estaba de nuevo ahí con el monje y sin Ana.
Otra noche más sedienta de vientos nórdicos, la fiebre volvió otra vez, al parecer para quedarse. Tommy en su cueva después de una pesadilla con trenes y monjes, sueña que despierto con Ana. Ella nunca más se acordó de él, lo olvido en las braguetas de un señor adinerado. Tommy ya no sueña, delira, mientras de sombra en sombra, ojea como lo meten a un saco, sin saber que no fue la peste quién arrebato sus sueños, ni el destino, ni dios.
Esperaba a Ana, quería que Ana venga y lo abrase, lo bese, lo lleve de nuevo a la casona vieja esa y le cuente de las aventuras de David, que en esa manta rara de colores cruzados lo envuelva y prenda fuego a sus helados pies. Ana una vez fue una señora bien, usaba esas batas con grandes pliegues en el cuello y los hombros, vestidos de seda, tenía un cuarto grande con desván, en el que guardaba miles de cuadros pintados por ella, soñando con un día poder perpetuar los momentos. Esos momentos que ella sabía, no dudarían para siempre, como su David, el artesano del trigo y la cebada. Esos panes. Esas manos, ¡y qué manos!... Pero las manos por esos días empezaron a tener fecha de vencimiento. Fue entonces cuando por culpa de la tecnología, su David se fue, y sus panes dulces ahora los añoraba en el amargo sabor de las batatas.
El viento seguía empujando fuerte, la piel caliente, y Tommy ya no sentía más frío gracias al extraño sudor que chorreaba de su frente. Era muy caliente, dolía, hasta que unas manos lo levantaron del cemento fresco y pudo alcanzar a ver, a quién en sus sueños era Ana, mientras se desmayaba lentamente de sueño. Entre sombras y sombras veía los caballos con las panzas flacas que empujaban la carreta, veía a un señor que lo observaba desde arriba, sentía muchos escalofríos y hambre, mucho hambre. Veía a Ana, la confundía en sus sueños, la deseaba, deseaba tanto esa noche en que ella tomaba sus manos y hablaba, hablaba, el podía nada más que contemplar sus miguillas rosadas y su cabellera gringa. No fue Ana quien lo levanto del suelo, era un monje del convento de las a fueras del pueblo. Era ese viejo rancio que en cuanto alcanzo a reconocerlo, no pudo evitar despedir lo poco de comida que tenía en el estomago, la vomito con asco de resignación. Cuando despertó la fiebre se había ido y la luz también.
De nuevo ahí, encerrado, a las oscuras, escuchando las plegarias esas que ni entendía que decían, y le provocaban espanto. Recordaba al monje y más espanto. El podía llegar en cualquier momento. Podía llevarlo a aprender Morse, con la escusa de qué un día va a ser el dueño del océano y puede necesitar el telégrafo. Tommy sabe lo que el monje quiere enseñarle en realidad, se lo enseño varias veces en nombre de su dios, pero Tommy no quería a ningún dios, y menos a ese. Después de aprender a escribir, por lo cual hizo muchas cosas, se había escapado y juro no volver nunca más a ese convento, por ello escapo a la estación. Sin embargo estaba de nuevo ahí con el monje y sin Ana.
Otra noche más sedienta de vientos nórdicos, la fiebre volvió otra vez, al parecer para quedarse. Tommy en su cueva después de una pesadilla con trenes y monjes, sueña que despierto con Ana. Ella nunca más se acordó de él, lo olvido en las braguetas de un señor adinerado. Tommy ya no sueña, delira, mientras de sombra en sombra, ojea como lo meten a un saco, sin saber que no fue la peste quién arrebato sus sueños, ni el destino, ni dios.
jueves, agosto 05, 2010
Ambrose Bierce
Aceite de Perro
Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba designar Lata de Óleo. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata.
A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que afectaron profundamente mi futuro.
Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón que la pequeña herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido mortal.
Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por temor al agente. "Después de todo", me dije, "no puede importar mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría sus huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo de la incomparable Lata de Óleo por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en una población que crece tan rápidamente". En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.
Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias. Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!
Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los inspiraba.
Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al establo.
A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.
Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente.
El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente, reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.
Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan terrible.
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